miércoles, 10 de septiembre de 2014

El día anterior, por Gonzalo Rojas.






El día anterior,
por Gonzalo Rojas.


Un terrible bombazo sacudió Santiago el lunes pasado, a mediodía. Catorce heridos y gran conmoción en una de las Comunas de mayor actividad. La bomba estalló junto al Metro, símbolo de la eficiencia y del orden.


En las vísperas del 11 de septiembre, ¿el atentado lo habrán provocado esos neonazis siempre insatisfechos o lo habrán causado esos anarquistas descolgados del marxismo nuclear?


Porque la fecha que mañana conmemoramos se lo come todo, se traga el antes y el después: cualquier cosa que suceda hace referencia a ella.


No es extraño. Solo los frívolos que ignoran el valor fundante del pasado pueden pedir que miremos exclusivamente hacia adelante; solo a ellos un bombazo como el del Subcentro los descoloca, porque siguen convencidos de que recordar que Chile vivió una gravísima situación entre 1970-3 es un capricho de aquellos a quienes califican como "anclados en el pasado".


Están muy equivocados esos progresistas sin sentido histórico, porque una bomba criminal que descoyunta personas y destroza inmuebles condensa en toda su miserable pequeñez la magnitud del drama vivido hasta el 10 de septiembre de 1973. Es más de lo mismo: ya entonces el país estaba siendo descuajeringado, sacado de cuajo.


Pero desde hace tiempo se usan expresiones completamente inadecuadas para reflejar la situación de esos años. Y, lo que es repudiable, las usan derechistas que podrían perfectamente decir la verdad, pero prefieren escudarse en una semántica de la mediocridad.


Afirman que había una polarización que nos llevó al colapso. Asumen así la tesis marxista de los polos dialécticos que se combaten entre sí, como una ley histórica ineludible. Pero eso es tan falso para Hungría como para Chile. No existe tal simetría y solo quienes la inventaron se benefician de esa supuesta paridad. La verdad es que unos quisieron hacer la revolución, mientras que otros atinaron a defender su libertad.


Repiten que todos los políticos de la época fueron culpables por igual, pero de ese modo desfiguran a líderes como Jorge Prat, Jorge Alessandri, Sergio O. Jarpa y Jaime Guzmán, quienes desplegaron sus mejores esfuerzos para proponer fórmulas de bien común por completo ajenas a la confrontación.


Sostienen que el país estuvo inmerso en los conflictos de la Guerra Fría, pero son incapaces de distinguir entre la enorme importancia de los 5.291 cubanos (88% "Diplomáticos") y los 1.916 soviéticos ("técnicos") oficialmente presentes en Chile, y las platas de la CIA.


Incluso arremeten contra quienes llaman "los militares golpistas", en la más burda de las estrategias de autoexculpación, pero no logran hacer olvidar que fue una enorme mayoría de civiles la que luchó contra la UP mucho antes que los militares, y que pedimos después -inhábiles ya para obtener nuestra liberación- el apoyo de las Fuerzas Armadas.


El 10 de septiembre de 1973, en el país se enfrentaban dos realidades de muy diversa densidad. Por una parte, las dueñas de casa que hacían colas infinitas, los estudiantes que rechazaban la instrumentalización de sus universidades, los comerciantes que no tenían qué ofrecer, los profesionales sometidos a las directivas políticas en su actividad y los trabajadores obligados a ideologizarse o ser discriminados. Y por la otra, los activistas de un proyecto de control Estatal manejado por los partidos de la izquierda, gestores de una violencia que consideraban legítima para la obtención de sus objetivos.


Chile era una bomba de tiempo. Pudo estallar en cualquier momento antes del 11 de septiembre. Y el General Prats temía que si llegase a haber una guerra civil, la confrontación significaría un millón de muertos. Vaya bombazo.

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