viernes, 25 de julio de 2014

Entre la Sevicia y el Odio, por Hermógenes Pérez de Arce.



Entre la Sevicia y el Odio, 

por Hermógenes Pérez de Arce. 

 


          Ayer me convidaron a dirigirles la palabra unos oficiales en retiro preocupados por sus camaradas ilegalmente presos y por estar algunos de ellos mismos indebidamente procesados; y, además, porque una mayoría de la Cámara, dando fe de que “el odio es más fuerte”, ha oficiado a la Presidenta para que, superando la marca de Piñera al cerrar Cordillera, traslade a los actuales presos políticos uniformados a un penal peor.


La iniquidad perpetrada contra los militares es antigua y prevalecerá, porque es impune, pues ya se sabe que sus camaradas en servicio activo “no rescatan a sus caídos tras las líneas enemigas”. Además, la mayoría del país ha optado por aceptarla, tanto que Piñera subió en las encuestas cuando hizo su canallesco aporte de cerrar el Penal Cordillera. Chile premia el odio y la sevicia (crueldad extrema e innecesaria).


La realidad es que en el Chile de hoy hay dos grupos de seres completamente indefensos y a los cuales se les puede hacer impunemente cualquier cosa: los que están por nacer, porque no votan y no pueden hablar en su propia defensa ni siquiera cuando resuelven matarlos; y los militares que combatieron al terrorismo, porque, si bien votan, son una minoría, y además impopular, que tiene el peor defecto que puede tener una minoría: no es capaz de meterle miedo a nadie.


Los comunistas también son una minoría, pero todos saben que tienen armas y explosivos y cuando alguien los molesta excesivamente lo matan. Simón Yévenes, un poblador UDI, los molestaba en exceso en su población y lo mataron; Jaime Guzmán los sacaba de quicio en el Senado hablando contra el terrorismo y lo mataron. Entonces, todos les temen a los comunistas y “les hacen la pata”. ¿Por qué Sebastián Piñera fue al entierro de Volodia Teitelboim y declaró que era “un grande de la historia de Chile”, a sabiendas de que había organizado el entrenamiento en Cuba de jóvenes chilenos para que vinieran a matar   compatriotas acá en los ’80? Por miedo. ¿Por qué Guillermo Teillier puede vanagloriarse públicamente de ser el autor intelectual de un quíntuple asesinato y ningún juez lo procesa y cuando alguien se querella contra él los jueces aplican la prescripción? Por miedo. ¿Por qué a los militares les niegan la prescripción y los procesan y condenan contra todas las demás leyes y faltando muchas veces a la verdad de los hechos? Porque nadie les tiene miedo. No son capaces siquiera de hacer una huelga de hambre. Cuando algunos amenazaron con ella, sólo duró hasta después del primer desayuno que rechazaron.


Por eso los portaestandartes del odio en el país, los marxistas, lograron recién más de cincuenta votos en la Cámara para pedir el traslado de los presos de Punta Peuco a un penal común junto a los delincuentes habituales. Los Kerenskys, siempre presa del pánico a la extrema izquierda, se plegaron. Sólo la mitad de la derecha se atrevió a votar en contra y la otra mitad se puso en fuga de variadas maneras, absteniéndose o ausentándose.


Todos saben, por supuesto, que los presos políticos militares no son delincuentes, y que nunca cometieron delitos antes ni después de haber sido convocados a combatir el terrorismo. Por esa sola razón el sentido común dice que no pueden ser llevados al mismo lugar de los asesinos, asaltantes, violadores y traficantes de droga. Por eso se construyó Punta Peuco, bajo Frei Ruiz-Tagle. Cuando Aylwin los traicionó escribiendo su carta inconstitucional a la Corte Suprema para que no aplicara la amnistía sino hasta el final de los procesos y formó la Comisión Rettig para exculpar a la extrema izquierda y condenar moralmente a los militares, tras haber sido el “gatillador del golpe”, como lo prueba el libro “De Conspiraciones y Justicia” de Sergio Arellano Iturriaga, y tras haber defendido a los militares en los meses en que se produjo el 60% de todos los caídos en la lucha de los uniformados contra la guerrilla marxista (entre el 11.09 y el 31.12 de 1973), fiel al “dictum” de su jefe máximo Eduardo Frei Montalva, “esto se arregla sólo con fusiles” (Acta Rivera), estaba convencido de que en Chile se iba a dar vuelta la hoja. Pero después él y los demás Kerenskys se han sumado a la perpetuación del odio propugnada por los comunistas y a que no se diera vuelta la hoja. ¿Por qué? Por miedo.


¿Por qué en 2007 dos Kerenskys faltaron al acuerdo (que se perdió 15 a 17) entre senadores concertacionistas y aliancistas para indultar a los presos uniformados que hubieran cumplido diez años de presidio, tal como se había perdonado antes a los terroristas de izquierda posteriores a 1990 (los anteriores a ese año ya habían sido perdonados por Aylwin, Lagos y Frei). Por miedo a las mujeres gordas y vociferantes de organizaciones de fachada comunistas tras las cuales hay “encapuchados” capaces de todo.

Sin duda, tarde o temprano a los presos políticos uniformados los van a trasladar a un penal común, junto a los peores delincuentes habituales; los van a degradar oficialmente y los van a privar hasta de sus pensiones, acuérdense de mí. Porque el odio izquierdista es más fuerte, insaciable, como su sevicia, y porque nadie les tiene a los militares el menor miedo. Y en Chile el que no mete miedo lo único que logra es que lo persigan con más saña y abusen más de él. En este país nunca se va a dar vuelta la hoja. El odio es más fuerte. Y la votación en la Cámara puso en evidencia quienes son los eternos promotores del odio entre chilenos, acompañados de los eternos Kerenskys que, como de costumbre, los siguen por temor.

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